jueves, 24 de septiembre de 2009

Castillos de arena


En la playa con mis simpáticos primos: Hugo de 11 años, Juan Pablo (que de cariño le decimos Juampi) de 10 años, María Virginia de tan solo 5 años y mi hermano Jesús, un pre-adolescente de 12 años. Les propuse armar un castillo de arena y los pequeños aceptaron mi idea entusiasmados, salieron del agua y buscaron el lugar donde la arena fuera perfecta: no tan mojada y no tan seca, moldeable. Se tiraron al suelo y comenzaron a hacer túneles y desagües en forma de ocho (8) para que las olas no arruinaran lo que iban a ser las dos partes castillo que, habían planeado, iban a estar unidas por un puente ¡Pequeños arquitectos!
Las olas llegaban y poco a poco hacía los túneles menos profundos, hasta que ya no existían. Por eso, constantemente debían hacerlos más, y más profundos ayudados por la pequeñas palitas de juguete de María Virginia.
El sol de Aruba ya nos hacía sudar, y el agua no ayudaba a la construcción. Y los niños, impacientes, trataban de armar las torres con los moldes de plástico, mientras Hugo hacía la tarea de crear el puente que uniría el “8” y Jesús y yo profundizábamos los tercos desagües.
Al cabo de un rato, el trabajo en equipo no llegaba a ningún lado: el puente de Hugo se cayó, las torres de los menores nunca salieron bien y nuestro pozo de cocodrilos no llegaba a ningún lado, reparando todo esto el juego se convirtió en una tarea tediosa y asoleada.
En un momento se miraron, a pesar del trabajo, el castillo era una mierda. Y de un momento para otro decidieron que era más divertido remojarse en el agua, los cuatro se pararon de la superficie arenosa y gritaron: ¡Destrúyanlo! Y entre risas todos se montaron sobre la isla en forma de ocho convirtiéndola solo en un montoncito de tierra mientras pestañeaba, al darme cuenta ya estaban de nuevo haciendo guerra de arena a la orilla de la playa. ¡Pero que sencillos son los niños!

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